Estamos viviendo una Navidad cara, muy cara para la inmensa mayoría de los venezolanos; pues las festividades llegaron en medio de un repunte de los índices inflacionarios del país.
Un dólar disparado, un bolívar nuevamente devaluado, y una economía con las piernas flojas, han causado que millones de venezolanos estén pasando unas de las navidades más tristes de su historia.
Se cuentan por millares los hogares que no harán hallacas, y si hacen no estrenarán nada el 24 ni el 31. Es decir, la crisis está allí latente, sonriente, golpeado la vida de muchísimos venezolanos en todos los rincones del país.
Los signos de mejoría económica, que se notaron y fueron aplaudidos, no llegaron a ser suficientes, ni se logró mantenerlos hasta este momento del año. Las mejoras fueron fugaces, o, menos dicho, insuficientes en medio del modelo económico actual.
La proliferación de negocios e inversiones, que dieron esperanzas al inicio de este 2022, no estuvieron acompañadas por los ajustes macroeconómicos que debieron ser abordados con precisión por parte del Estado venezolano.
Si al inicio de este año, que está por culminar, las autoridades gubernamentales hubieran iniciado el proceso de dolarización de la economía, otro gallo cantaría en este momento. Lastimosamente no fue así.
Si se hubieran activado los mecanismos y los protocolos para dolarizar la economía venezolana, en este momento los aguinaldos fueran en dólares, los precios estuvieran estabilizados y el poder adquisitivo del venezolano hubiera aumentado.
No obstante, aún no es tarde. Pues, si el Gobierno nacional entiende la necesidad imperiosa de este proceso, entonces en el venidero 2023 podríamos ver las acciones que conlleven a sincerar la política monetaria nacional.
Es insostenible seguir con un bolívar mil veces devaluado, es vital para Venezuela que la economía se dirija a un cambio de signo monetario, que la emisión de bolívares inorgánicos se detenga y con ello se paralice la devaluación del bolívar.
No podemos seguir bajo el fantasma de la devaluación, del encarecimiento del costo de la vida y del flujo de los niveles del dólar. No podemos seguir a merced de cambios paralelos y oficiales, esto debe detenerse de inmediato, o sino seguiremos en este espiral inflacionaria y especulativo.
Un país dolarizado sería una Venezuela normalizada, más sencilla de manejar y de mayores garantías para los venezolanos; una donde las inversiones estarían a flor de piel, donde la vida sería mejor.
A través de esta línea vuelvo a exhortar al Gobierno nacional a tomar cartas en este asunto.
¡Se tenía que decir y se dijo!